Se
encontraba sentada al borde del acantilado mientras pensaba en lo que había
sido su vida hasta ahora, sin embargo, no quería pensar en lo que aún le
esperaba por vivir. Se rehusaba a mirar hacia adelante, pues creía que nada
bueno le esperaba allí. Estaba segura que no había nada allí para ella, solo más
de lo mismo.
La apariencia de las nubes no la ayudaban, decía que le gustaban los días
nublados y fríos, sin embargo se quejaba de ellos cuando ocurrían. Depresión de
invierno le llaman en algunos lugares. Las nubes grises le impedían ver el
color azul del cielo, esto suele hacer que el resto de cosas a nuestro
alrededor se vean más opacas, sin brillo, sin vida.
Miraba hacia abajo y el mar se veía agitado por el frenético movimiento de las
olas, pero dentro de este había una armonía que denotaba un ritmo, una
tranquilidad; así se sentía ella, con dos fuerzas contrarias en su interior. La
serenidad y el tormento. Todo a su alrededor indicaba esta dualidad, entonces
no era solo ella.
Era tarde y hacía frío, llevaba ropa de manga larga que cubría casi todo su
cuerpo, no se sentía bien, pero tampoco hacía nada por cambiar eso. Solo se
mantenía así, inmóvil. Cualquiera que la viera no se imaginaría la guerra que
estaba ocurriendo en su interior, serenidad y tormento, una lucha de poderes
con una magnitud inimaginable.
Pronto empezaría a oscurecer, lo cual era bueno, sería más invisible ante los
ojos escrutadores de la gente que busca reprochar los comportamientos ajenos. Le
gustaba la noche, pero también le temía, para ella era un refugio, pero no la
protegía de los peores enemigos, pues también era el entorno perfecto, las
condiciones ideales para el acecho.
Siempre podía quedarse allí, quieta, inerme, que pasara lo que tenía que pasar,
no estaba dispuesta a levantar un dedo, ni para hacer algo bueno ni para evitar
algo malo. Aún no era el momento. Siempre sola.
No estaba segura con respecto a lo que iba a hacer. Aún no quería regresar a
casa, no sabía si quería alguna vez regresar a casa, aunque la idea de no
hacerlo le aterraba, mientras más tiempo pasaba menos probable era que eso
ocurriera, solo quería quedarse ahí para siempre, eternamente con su
tranquilidad sacada del agobio y la frustración. Nada importaba ya.
Le gustaban los animales, sobre todo los gatos, por alguna razón este tipo de
personalidades son atraídas por los felinos amigos, pero a su alrededor no se
movía ningún animal, ni siquiera podía notar a las hormigas moviéndose a su
alrededor. Nada. Nadie.
Ya era oscuro y miraba las estrellas, solas, separadas por enormes distancias
unas de otras. Le gustaría ser una, estar solo ahí, alumbrando el camino de los
viajeros, sirviendo de guía a los navegantes, y contándole el futuro a los oráculos.
Ese sería un buen trabajo, un trabajo simple por toda la eternidad. Una buena
existencia.
Muchos pensamientos rondaban su mente, bastaba con que una sola persona tuviera
fe en ella y ella podría ser salvada, pero al mismo tiempo, ni siquiera todas
las personas del mundo podrían ayudarla. Nunca sola, siempre sola.
Las luces de la ciudad se veían muy bonitas, pero era un mundo apartado, ella
no pertenecía a ese mundo multicolor lleno de vida. Ella conocía la peor parte
de ese mundo y nadie podría cambiar esa impresión… Sencillamente había dejado
de ser parte de eso, y no podía creer como los demás simplemente encajaban con
ridícula facilidad.
Absorta en sus reflexiones acerca de su existencia, completamente distraída de
lo que ocurría a su alrededor, no notó una presencia que se cernía sobre ella.
Venía del lugar más inesperado, y aunque hubiera estado atenta no lo hubiera visto
venir. Solo alcanzó a oír las palabras “Es momento de volver a casa…”
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