Era una tarde como
cualquier otra en la Villa de Astelur, casas rudimentarias adornaban las
calles, las personas caminaban tranquilamente acompañadas por el sol, los
trabajadores terminaban sus labores, mientras que un ave atravesaba el cielo.
No era un ave ordinaria, tenía un mensaje atado a una pata.
Era una paloma
mensajera, una paloma torcaz entrenada por criadores expertos en las grandes
ciudades. Esta llegó a la alcaldía de Astelur, en donde fue recibida por
Rogharn Grimes, el alcalde. La nota venía de Stratha, capital del reino, y
solicitaba la presencia inmediata del guerrero Lockheart, célebre por su
maestría con las armas y una notable carrera militar.
Lockheart había salido
muy bien librado de distintas batallas en las que había participado, ya sea
defendiendo el reino ante las continuas invasiones extranjeras, defendiendo de
la villa de los saqueadores, o simplemente saliendo airoso de situaciones
extremadamente peligrosas. Su reputación lo precedía, y donde quiera que vaya,
todos lo conocían.
El mensaje fue
entregado a Lockheart, con carácter de urgencia, por lo que partió a caballo en
dirección a la ciudad, acompañado solo por la puesta del sol. A Lockheart no le
agradaba la idea de viajar por la noche, aunque se sentía bastante seguro de sí
mismo como para hacerlo, además la carta solicitaba su presencia de manera
urgente.
Lockheart cabalgaba por
las Montañas de Altamira, la forma más rápida de llegar a Stratha, si seguía a
ese ritmo llegaría junto con el alba, eso pensaba mientras avanzaba y a la vez
se preocupaba, porque era una noche más oscura de lo usual, la visibilidad era
casi nula, además esas montañas eran la morada de un gran número de
saqueadores, pero esa noche tenía reservados enemigos aún más peligrosos.
El guerrero sintió unos
ruidos extraños en medio de la oscuridad, como pisadas raudas y salvajes.
Percibió algo con el rabillo del ojo, un leve movimiento, una fracción de
segundo y fue tiempo suficiente para que esquivara una flecha mortal. Había
bajado la guardia y se vio rodeado por elfos oscuros, asesinos a sueldo del
reino de Terraforte.
Tal vez ellos estuvieran
explorando, eso parecía, eran un grupo pequeño, tenían que estar explorando, lo
cual significaba que un poco más allá habría muchos más, probablemente este
fuera el motivo de la carta enviada por el rey.
En el acto Lockheart se
desligó de su montura, más por instinto que por siquiera haberlo pensado; era
el producto de los años de experiencia y las innumerables batallas en las que
había luchado. Desenvainó su espada mientras adoptaba una postura más apta para
el contrataque, entonces pudo observarlos con detenimiento, y vio a su pesar a
nueve enemigos bien armados, ubicados estratégicamente según sus roles, sabían
lo que estaban haciendo, las posibilidades de supervivencia para Lockheart eran
casi nulas.
Los arqueros estaban
bien resguardados, tenían buen ángulo para tirar, además estaban en lugar de
difícil acceso, si intentaba llegar a uno, los demás lo destrozarían a
flechazos, sin contar a los que manejaban espadas ni los que llevaban lanzas.
Lockheart arremetió en
el acto contra el lancero más cercano, él sabía que por comodidad en el manejo
del arma, ellos no llevaban armaduras, morirían rápido, además su lanza era
inútil si acortaba la distancia entre ellos lo suficiente. Confiaba en su
armadura para protegerlo de las flechas.
Tal como había pensado,
tras esquivar el primer movimiento del lancero, se acercó lo suficiente para
inutilizarlo, una estocada en el abdomen, fue suficiente. Sintió una flecha
rozarle por un lado de la cabeza, y otras tantas clavadas en su armadura, pero
esta era gruesa y las resistía.
Utilizando el cuerpo
del lancero como escudo arremetió maldiciendo contra dos elfos espadachines que
tenía a la mano, cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzó el cadáver del
elfo hacia un lado, cubriéndose de un arquero, y quedando frente a frente con
ambos. Dos golpes certeros, por un momento vislumbró la victoria, vio una
oportunidad entre cien, tal vez sí pudiera salir de esta pelea con vida.
Fue algo de un momento,
uno de los arqueros había colado una flecha en su corazón a través de la
armadura, utilizando una hendidura que había dejado una flecha lanzada con
anterioridad, mientras atacaba al primer lancero. Sabía que los elfos eran
excelentes asesinos con el arco, pero jamás imaginó que a ese nivel, con la
poca visibilidad y el movimiento de la pelea, alguno de ellos pudiera lograr
tal proeza.
Cayó al suelo,
derrotado, pero al momento siguiente ya no sentía dolor. Todo era etéreo, se
veía etéreo, y se sintió, además, bastante ligero, como no se había sentido en
mucho tiempo; no solo por no llevar el peso de las armas y armadura, sino en sí,
por no cargar con el peso de su propia existencia. Se habían terminado las
guerras y las duras batallas para Lockheart.
En ese momento vio
algo, no, no era algo, eran muchos, eran los espíritus de los soldados que
había asesinado, eran todas las personas que él había matado, y le pesaban.
Padres, hermanos, esposos, amigos… Todos lo miraban fijamente, pero el odio ya no
podía alcanzarlo.
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