lunes, 17 de septiembre de 2012

La Caída de un Guerrero

Era una tarde como cualquier otra en la Villa de Astelur, casas rudimentarias adornaban las calles, las personas caminaban tranquilamente acompañadas por el sol, los trabajadores terminaban sus labores, mientras que un ave atravesaba el cielo. No era un ave ordinaria, tenía un mensaje atado a una pata.
Era una paloma mensajera, una paloma torcaz entrenada por criadores expertos en las grandes ciudades. Esta llegó a la alcaldía de Astelur, en donde fue recibida por Rogharn Grimes, el alcalde. La nota venía de Stratha, capital del reino, y solicitaba la presencia inmediata del guerrero Lockheart, célebre por su maestría con las armas y una notable carrera militar.
Lockheart había salido muy bien librado de distintas batallas en las que había participado, ya sea defendiendo el reino ante las continuas invasiones extranjeras, defendiendo de la villa de los saqueadores, o simplemente saliendo airoso de situaciones extremadamente peligrosas. Su reputación lo precedía, y donde quiera que vaya, todos lo conocían.
El mensaje fue entregado a Lockheart, con carácter de urgencia, por lo que partió a caballo en dirección a la ciudad, acompañado solo por la puesta del sol. A Lockheart no le agradaba la idea de viajar por la noche, aunque se sentía bastante seguro de sí mismo como para hacerlo, además la carta solicitaba su presencia de manera urgente. 
Lockheart cabalgaba por las Montañas de Altamira, la forma más rápida de llegar a Stratha, si seguía a ese ritmo llegaría junto con el alba, eso pensaba mientras avanzaba y a la vez se preocupaba, porque era una noche más oscura de lo usual, la visibilidad era casi nula, además esas montañas eran la morada de un gran número de saqueadores, pero esa noche tenía reservados enemigos aún más peligrosos.
El guerrero sintió unos ruidos extraños en medio de la oscuridad, como pisadas raudas y salvajes. Percibió algo con el rabillo del ojo, un leve movimiento, una fracción de segundo y fue tiempo suficiente para que esquivara una flecha mortal. Había bajado la guardia y se vio rodeado por elfos oscuros, asesinos a sueldo del reino de Terraforte.
Tal vez ellos estuvieran explorando, eso parecía, eran un grupo pequeño, tenían que estar explorando, lo cual significaba que un poco más allá habría muchos más, probablemente este fuera el motivo de la carta enviada por el rey.
En el acto Lockheart se desligó de su montura, más por instinto que por siquiera haberlo pensado; era el producto de los años de experiencia y las innumerables batallas en las que había luchado. Desenvainó su espada mientras adoptaba una postura más apta para el contrataque, entonces pudo observarlos con detenimiento, y vio a su pesar a nueve enemigos bien armados, ubicados estratégicamente según sus roles, sabían lo que estaban haciendo, las posibilidades de supervivencia para Lockheart eran casi nulas.
Los arqueros estaban bien resguardados, tenían buen ángulo para tirar, además estaban en lugar de difícil acceso, si intentaba llegar a uno, los demás lo destrozarían a flechazos, sin contar a los que manejaban espadas ni los que llevaban lanzas.
Lockheart arremetió en el acto contra el lancero más cercano, él sabía que por comodidad en el manejo del arma, ellos no llevaban armaduras, morirían rápido, además su lanza era inútil si acortaba la distancia entre ellos lo suficiente. Confiaba en su armadura para protegerlo de las flechas.
Tal como había pensado, tras esquivar el primer movimiento del lancero, se acercó lo suficiente para inutilizarlo, una estocada en el abdomen, fue suficiente. Sintió una flecha rozarle por un lado de la cabeza, y otras tantas clavadas en su armadura, pero esta era gruesa y las resistía.
Utilizando el cuerpo del lancero como escudo arremetió maldiciendo contra dos elfos espadachines que tenía a la mano, cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzó el cadáver del elfo hacia un lado, cubriéndose de un arquero, y quedando frente a frente con ambos. Dos golpes certeros, por un momento vislumbró la victoria, vio una oportunidad entre cien, tal vez sí pudiera salir de esta pelea con vida.      
Fue algo de un momento, uno de los arqueros había colado una flecha en su corazón a través de la armadura, utilizando una hendidura que había dejado una flecha lanzada con anterioridad, mientras atacaba al primer lancero. Sabía que los elfos eran excelentes asesinos con el arco, pero jamás imaginó que a ese nivel, con la poca visibilidad y el movimiento de la pelea, alguno de ellos pudiera lograr tal proeza.
Cayó al suelo, derrotado, pero al momento siguiente ya no sentía dolor. Todo era etéreo, se veía etéreo, y se sintió, además, bastante ligero, como no se había sentido en mucho tiempo; no solo por no llevar el peso de las armas y armadura, sino en sí, por no cargar con el peso de su propia existencia. Se habían terminado las guerras y las duras batallas para Lockheart.

En ese momento vio algo, no, no era algo, eran muchos, eran los espíritus de los soldados que había asesinado, eran todas las personas que él había matado, y le pesaban. Padres, hermanos, esposos, amigos… Todos lo miraban fijamente, pero el odio ya no podía alcanzarlo.

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